Miguel, al llegar de la oficina, como siempre se preparó un café, encendió un cigarrillo y se asomó por la ventana de su dormitorio, sin prender la luz a pesar de que ya estaba oscuro.
La mirada clavada en la vereda, dos pisos más abajo. Tiritaban sobre ella el mismo perro y el mismo viejo. La gente y los autos corrían arrogantes en aquel monótono cuadro deprimente.
No tuvo que esperar mucho para verla de nuevo, como todas las noches pasó caminando apresurada, Miguel transformó su rostro al mirarla, no había nada más que ella en la ciudad, sus tacos golpeaban firmemente la acera, los colores de su ropa destacaban inocentemente, se detenía el tiempo a su alrededor, su cabello se balanceaba en sus espalda con ese ritmo que a Miguel le encantaba; pero en un instante, como todas las noches, sus piernas doblaron la esquina dejándolo solo, con un vago sentimiento de nostalgia, como cuando se despierta de un sueño dulce.
Al día siguiente fue cuando visité su departamento. Como el no me abrió, usé la llave que me diera hacía tanto tiempo. Estaba oscuro, eran cerca de las diez, sentí el olor a café y cigarrillo característico de su hogar y una fría brisa que venía del dormitorio.
Entré a su pieza esperando encontrarlo asomado por la ventana, pero lo vi acurrucado, sentado en el suelo, en un rincón. Mi hermano estaba realmente pálido y helado, me abrazó cuando me acerqué a él y en un susurro me dijo “mírala”. Era ella, que estaba colgando de la lámpara del techo con una correa al cuello y sus zapatos en suelo.
Eso es todo lo que le puedo decir, señor. Todo.